Es claro que la presencia del espíritu cristiano en nosotros no elimina
de un plumazo nuestras limitaciones y defectos; por eso mismo, tampoco
desaparecen, como por arte de magia, los conflictos en nuestras
relaciones. El espíritu cristiano no es un elixir mágico, sino, lo hemos
dicho ya, una configuración del corazón que lleva su tiempo y no
elimina nuestra libertad (¡es un espíritu personal!). Pero su presencia
nos permite no sucumbir a estos conflictos ni ahogarnos en nuestros
defectos: el espíritu que nos da Cristo es, también, un espíritu de perdón,
que nos lleva a pedir perdón cuando pecamos, y a perdonar a los que nos
ofenden. La fuente de la verdadera paz no es un Nirvana impersonal, que
anestesia el alma y se encierra en sí para evitar todo dolor. La paz
verdadera es la que nos da Jesús, tras atravesar la prueba de la cruz
(por eso nos muestra las manos y el costado: son sus heridas, que son
las nuestras), la que procede de la alegría del reconocimiento mutuo,
que implica también el mutuo perdón.
Así pues, el espíritu cristiano es un espíritu personal, de apertura,
que habla el lenguaje universal del amor, que confiesa a Jesús como
Señor y Salvador, es un espíritu de unidad, paz, alegría y perdón…
Podemos comprender que este espíritu no es simplemente “un espíritu” (una fantasmagórica e indeterminada inspiración), sino “el Espíritu”,
el Espíritu de Jesús, el que une al Hijo con el Padre, y es el Amor en
persona, porque él mismo es una Persona. No sabemos definirlo, ni lo
vemos, pero nos define y configura y, como la luz, ella misma invisible,
nos permite ver: ver a Dios en sus criaturas, a Cristo en sus pequeños
hermanos, la salvación donde parece no haber salida. Cristo nos ha
donado su Espíritu, el Espíritu que nos enseña el lenguaje del amor sin
fronteras. Él nos guía y nos acompaña, nos envía a los demás, a todos, a
decirles que entre los muchos espíritus que hay en el mundo hay uno,
con mayúsculas, que nos renueva por dentro, y que quiere posarse también
en nosotros, en mí, en ti, en cada uno, para unirnos sin uniformarnos,
para que cada uno pueda ser plenamente sí mismo y ofrecer libremente su
riqueza a los demás, diciendo más con las obras que con las palabras:
“paz a vosotros”.
